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Una historia para cada día...

Corazon Eucaristico de Jesus

Dos vecinas.

De todos los actos de piedad que pueden honrar a Dios y merecer Sus bendiciones, no hay ninguno más precioso y meritorio que la asistencia al Santo Sacrificio de la Misa; todos los Padres de la vida espiritual, incluso los menos severos, recomiendan esta práctica con gran urgencia, cuando los deberes de la propia condición no han de sufrir. He aquí un ejemplo de las ventajas que el Cielo premia con la devoción al Santo Sacrificio de nuestros altares.

Adela y Rosa, hijas de padres honestos y pobres, habían sido compañeras de infancia: habían asistido a la misma escuela y habían hecho juntas la primera comunión, luego dejaron de verse, siendo aprendices, una de una florista, la otra de una costurera. Adela, la florista, se hizo experta en su oficio y se casó con un trabajador de la imprenta que se ganaba bastante bien la vida. Rosa, que nunca pudo pasar de un talento muy ordinario, se casó con un pobre carpintero, cuyos días fueron muy modestamente pagados.

Fiel a las instrucciones de su juventud, Rosa había guardado siempre en su corazón el temor y el amor de Dios, y había hecho que su marido estimara su carácter lo suficiente como para haber adquirido una gran influencia sobre él; lo condujo, con sus consejos y su ejemplo, a una conducta laboriosa, honesta y regulada.

En el caso de que se trate de una persona que se encuentre en una situación de riesgo, se le puede pedir que se haga cargo de los gastos de la misma. Su modesta habitación brillaba por su limpieza; su pobreza no excluía cierta abundancia; el marido solía estar de buen humor porque no le faltaba nada; los niños estaban bien cuidados, bien adiestrados en la obediencia, y los mayores ya ayudaban a su madre en los cuidados que tenía que dar. Los niños estaban bien cuidados, eran sanos y obedientes, y los mayores ya ayudaban a su madre en sus cuidados. Sus deberes como madre de familia no la privaban de ganar algo de dinero; el padre nunca iba al cabaret a buscar una distracción costosa y desastrosa, pues era feliz entre su familia. Fue un gran placer volver a verlo, ya que era feliz en medio de su propia familia, y después de muchos años de separación, Rosa volvió a encontrar a Adela, que se había convertido en su vecina. ¡Pero qué cambiada estaba! El otro, tirando de ella por el delantal, parecía el más revoltoso de los hombrecillos; sus ropas eran indicativas de miseria. Fue algo muy triste para Adela; pero aliviada, sin embargo, al volver a ver a su amiga, pronto le confió todas sus penas.

«Qué feliz me pareces!, le dijo; a mí nada me sale bien; ahorro, pero no puedo llegar a fin de mes; en vano quiero ganar algo para compensar la insuficiencia de los ingresos de mi marido; uno de mis hijos no me deja trabajar, el otro interfiere y perturba todo lo que hago. Obligada a gritar y regañar constantemente, expulso a mi marido de la casa, se va por la noche a gastar lo que ha ganado por la mañana; los acreedores están siempre a nuestra puerta, y nos falta de todo.»

Su sorpresa fue mayúscula cuando supo los pocos recursos con los que Rosa se sentía a gusto y en paz.

«Debes ser muy ingeniosa, le dijo; me gustaría conocer tu secreto; tu suerte me da envidia. – Nada más sencillo -respondió Rosa-, nada pido mejor que comunicaros mi secreto; para ello, venid a buscarme mañana al amanecer.»

Adela fue exacta en su cita; Rosa la llevó a misa, y así durante varios días seguidos, sin satisfacer de otro modo la curiosidad de su compañera, hasta que ésta, impaciente, gritó al final que estaba aburrida de esta maniobra, y que había acudido a ella para recibir confidencias de su secreto, y no para pasar el tiempo en la iglesia.

«¡Eh!, ¿no adivinas?, gritó Rosa, ¿no ves que es Él, a quien voy a rezar todos los días, quien derrama su bendición sobre mi humilde hogar? Ese es mi secreto; no tengo otro».

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