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Magnificat!

¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

San Miguel Arcángel

Invitacion a la lucha

Lema 2021:

Invitación a la lucha, al combate

Deseo:

Que Dios encuentre estas almas generosas

por Padre Mathurin de la Madre de Dios

Antes de dirigirles la palabra, queridos hermanos y hermanas, primero quiero ofrecer en mi nombre, en nombre suyo, en nombre de toda la Iglesia, nuestros homenajes y nuestros mejores deseos filiales y cordiales a nuestro Padre Celestial. ¿Qué lenguaje podría honrar dignamente a nuestro Padre Celestial? Nuestras pobres palabras de la tierra no lo pueden. ¡Y sin embargo, sí! Nuestro Padre Celestial se regocija con nuestra pequeña alabanza, nuestras débiles palabras tan imperfectas y tan impotentes que no transmiten realmente los sentimientos de nuestro corazón.

«¡Feliz fiesta, Padre Celestial! ¡A Vos gloria, honor, alabanzas!» ¡Sanctus! ¡Sanctus! ¡Sanctus! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! es Dios nuestro Padre representado aquí en esta capilla por una pintura, y Su Verbo realmente presente en la Santa Eucaristía. Buen Padre Celestial, además de alabaros, de bendeciros, Os adoramos profundamente. Nos postramos ante Vos en espíritu y en verdad,1 en nuestro nombre, y en nombre de todos nuestros hermanos de la tierra.

El año 2020 es historia, es cosa del pasado. Es un año notable que se mencionará muy especialmente en todos los anales de la historia de la humanidad, como un año muy singular. Es también un año que será mencionado en los anales de la historia de la Iglesia, por una parte, en un aspecto muy triste, al ver cuánto se ha dejado de lado nuestro Dios. La religión que vino a enseñarnos, los sacramentos que tan generosamente nos dio, en general fueron apartados como secundarios, sin importancia. «¡La salud pública sobre todo! Dios, ¡que espere! Su reino en las almas, Sus gracias sacramentales no son esenciales…» Así que es un año oscuro en ese sentido, pero luminoso para las almas de buena voluntad que, en todo el mundo, en esta oscuridad y en este abandono, se volvieron hacia Dios, y que, en el secreto de su confinamiento, rezaron, alabaron a Dios en sus corazones. Dios los conoce.

Ha pasado el año 2020, no podemos rehacerlo. ¡Oh! ¡el año que comienza! ¿Cómo será? ¿Qué lo marcará? ¿Veremos eventos más notables este año? Ciertamente. Habrá eventos aún más significativos. Pero para ustedes, hermanos, hermanas, queridos amigos, ¿qué marcará especialmente este año? ¿Los sucesos políticos? ¿Las decisiones de los políticos? Creo que lo que marcará este año, es que nuestro Padre Celestial encontrará más que nunca siervos listos para combatir por Él. 2020 fue solo el aperitivo, un aperitivo para prepararnos al banquete. Este año nuestro Padre Celestial encontrará entre ustedes, queridos hermanos, hermanas, queridos amigos, Sus siervos que estarán listos para luchar, para combatir, que estarán listos para todo, para TODO para Él.

Nuestro lema

Nuestro lema para el 2021, se les doy como una invitación. Les invito a la lucha, al combate. Lo que se desarrolló en 2020 proporcionó evidencia de que las fuerzas del mal están triunfando cada vez más. Los medios de comunicación generalmente sólo informan cosas negativas que parecen favorecer el reinado del mal. Escuchamos los comentarios, quizás los hagamos nosotros mismos. Decimos: Es porque la Iglesia no está en su puesto, los pastores han capitulado, no sostienen la antorcha del Evangelio, no dan las pautas de conducta a la gente. Y, ¿dónde están?

El problema es que los buenos son demasiado flojos. Los buenos son tibios, faltan ardor. Realmente no tienen fe, una fe ardiente ante estos escenarios que se van desarrollando rápidamente… Hermanos y hermanas, estamos en medio de estos eventos, estos trastornos anunciados durante muchos años.

El año 2020 que acaba de pasar es una primera página de los eventos que vienen. Ahora no es el momento de arrellanarse, de filosofar, de comentar en exceso. Podemos estar informados de lo que está pasando, pero no comentar demasiado. Más que nunca, ha llegado el momento de luchar, de combatir. La victoria es segura: Dios ha prometido vencer las fuerzas del mal. La victoria está garantizada por Dios mismo: Tengan confianza, nos dice, Yo he vencido el mundo.2 Aquí mismo, cuántas veces Nuestro Señor y la Virgen María, bajo el nombre de la Madre de la Salvación o de Nuestra Señora de las Lágrimas, ¡Cuán a menudo el Cielo nos ha dado la seguridad de la victoria! En Fátima, la Virgen María prometió: «¡Al final, Mi Inmaculado Corazón triunfará!»3

«¡En nombre de Dios, los soldados lucharán y Dios dará la victoria!»

Un día, Santa Juana de Arco, de apenas dieciséis años de edad, se presentó ante Carlos VII, afirmando haber sido enviada del cielo para salvar el reino de Francia, para hacerlo consagrar rey, para poner las cosas en orden. Juana se dice mandada por Dios. Para probarlo, le da señales a Carlos, especialmente una señal que es muy personal para él. Todo el Consejo real duda, especialmente ciertos poderes. El rey hace examinar a Juana por el tribunal eclesiástico de Poitiers. Un juez le dijo: «Juana, dices que Dios te envía a dirigir los ejércitos para salvar Francia. Pero Juana, si Dios ha decidido salvar a Francia, ¡la salvará! ¿Qué necesidad tenemos que ir a hacer la guerra?» Y Juana le respondió: «En nombre de Dios, los soldados lucharán, y ¡Dios dará la victoria!»

¡Pues bien! hermanos, hermanas, queridos amigos, en nombre de Dios, les digo: lucharemos, combatiremos y Dios dará la victoria. Es una voluntad de Dios. Este año, éste es su lema: la lucha, el combate en nombre de Dios. ¿Dónde se llevará a cabo este combate? Dondequiera que haya un hijo de Dios. Hay miles de millones de ellos. Las fuerzas del mal se despliegan por todas partes para quitarle a Dios Sus hijos queridos. Desde el principio, las fuerzas del mal se han esforzado por perder a los hijos de Dios uno por uno. Y esta lucha infernal contra Dios, contra los hijos de Dios, está en su apogeo, en un punto casi culminante. ¿Y Dios dejaría hacer eso?

Jesús vino a fundar Su reino de amor en la tierra. Pero Satanás y sus cómplices quieren establecer su reinado diabólico del todo contrario a Dios. Es claramente obvio. Todas las fuerzas del mal -desde el principio y ahora más que nunca- están desplegadas, expandidas en todas las esferas, en todos los estratos de la sociedad, en todas partes. Lo digo directamente. Las fuerzas del mal están en control en todas partes para impedir el establecimiento del reino de Dios. Muchos están activos al servicio de Satanás de una manera ciega, pero muchos otros son cómplices activos de Satanás y luchan directamente para combatir contra este reino.

Estudiar a Jesús

El reino de los Cielos sufre violencia, dice Jesús, y sólo los violentos lo arrebatan.4 Este año será el año de la violencia para arrebatar el reino de los Cielos. Esto es lo que quiero decir con violencia, con lucha, combate. Cuando el Hijo de Dios decidió establecer en el tiempo Su reino en la tierra, dejó la felicidad de Su Cielo. Según nuestras palabras, dejó el confort, el bienestar, los beneficios divinos, un bienestar y una felicidad divina. Dejó todo eso para venir a esta tierra para establecer Su reino en el corazón de sus hijos, comenzando en la pobreza.

Por devoción, representamos el pesebre de Belén todo iluminado, todo luminoso y atractivo, para simbolizar la irresistible atracción de Jesús en Su venida. ¡Pero el escenario en el que vino!… ¡Qué pobreza! ¡Qué humildad! ¡Qué abajamiento! ¡Qué desolación humana! Así es como comienza a establecer Su reino. No contento con todo esto, está además a la merced de la maldad de un rey terrenal, celoso y cruel. Sabiendo que un nuevo rey ha nacido, Herodes teme que quizás lo subyugará, lo suplantará. Los reyes de la tierra, los potentados mundanos quieren proteger su dominación sobre los reinos terrenales. Jesús no viene por eso. Viene a reinar en los corazones.

Presten mucha atención para estudiar a Jesús. ¡Contémplenlo! Empápense de Sus enseñanzas, empápense de Sus ejemplos. Para emplear nuestras palabras: ¿No es hacerse violencia que de dejar el Cielo, la felicidad, para venir a abrazar el sufrimiento, la miseria, la humildad, el abajamiento y el rechazo de aquellos a quienes ama por encima de todo, por quienes Él Se sacrifica?

Dulce Jesús, enséñanos tus caminos, enséñanos a luchar, a combatir Contigo. El reino de los cielos sufre violencia; sólo los violentos lo arrebatan. ¡Qué ejemplo nos das! ¡Qué violencia Te has hecho! El Rey del Cielo y de la tierra, Creador del mundo visible y del mundo invisible que se nos escapa por completo. Incluso el mundo visible se nos escapa. Llevamos seis mil años en la tierra y todavía hacemos nuevos descubrimientos. Creemos que estamos inventando cosas. Descubrimos leyes de la naturaleza, fuerzas de la naturaleza. Y cuanto más descubrimos, más se dan cuenta los verdaderos eruditos de que no saben nada, que son ignorantes. El Creador de estos mundos visibles y estos mundos invisibles ¡vivirá treinta años oculto en Nazaret, en silencio!

Entiendan bien, hermanos y hermanas, el plan que les propongo del combate que Dios espera de nosotros. Este año más que nunca, Dios quiere esta lucha, quiere este combate, quiere esta violencia, porque ha llegado el momento para el establecimiento de Su reino. Él prometió la victoria, pero quiere primero el combate. En nombre de Dios, combatirán, y Dios dará la victoria.

Después de treinta años de vida oculta, Jesús continúa durante Sus años de vida pública enseñándonos con exceso, con prodigalidad, con generosidad, con ternura, con humildad, poniéndose a nuestros pies. A pesar de todo esto, Lo rechazamos, no Lo aceptamos, no Lo queremos, y Lo llevamos a una horca. Lo llevamos a la cruz, después de infligirle todo tipo de ignominias, de afrentas, de ultrajes, de malos tratos. Abrasar tanto sufrimiento, ¿no es hacerse violencia?

Y para nosotros que hemos sido llamados a trabajar por la salvación del mundo, Él nos pide seguirle en este combate. Nosotros, Sus hijos, queremos que venga Su reino. Lo imploramos todos los días. Su reinado llegará con la condición de que nos hagamos violencia. ¡Oh! cómo Jesús la hizo con amor. Fue la violencia de Su amor que Lo llevó a esta lucha, a este combate.

Siguiendo el ejemplo de todos los Santos

Luego vean a los Apóstoles, Sus doce íntimos que eran cobardes, temerosos, ¡oh! muy cobardes, pero tocados por la gracia, llenos del Espíritu Santo, han después recorrido la tierra. Por el reino de Dios, lo han sufrido todo, lo han soportado todo. No hay tormento, no hay fatiga que no hayan sufrido para que se establezca el reino de Dios, para que Jesús sea conocido, para que reine en los corazones en todo este planeta tierra. Los apóstoles no escatimaron esfuerzos.

Luego, durante tres siglos, ¡tantos mártires, millones de mártires! Es por su sacrificio que la Iglesia se ha establecido.

Entendieron tanto que el reino de los Cielos sufre violencia y que solo los violentos lo arrebatan. Esta violencia se produce en nosotros, en nuestro corazón que quiere ser todo de Dios. Si los humanos quieren destruirnos, ¡que nos destruyan! ¡Pero serviremos a Dios!

Vemos también en los desiertos de Egipto o de Palestina y en otros lugares, a estos monjes que dejaron el mundo. ¡Qué violencia se hicieron! Se decían a sí mismos: «El Verbo de Dios dejó la felicidad de Su Cielo, se encarnó para mostrarnos el camino, ¿y nosotros no podríamos dejar el mundo, todas esas cosas que llamamos felicidades y alegrías de la tierra?» ¡No hay ninguna comparación entre el mundo y el Cielo! Los monjes entendieron esto. Dejaron todo, TODO, para ir y encerrarse en la soledad, para vivir en la obediencia, en todo tipo de penitencias.

Desde el origen del cristianismo, desde los primeros siglos de la Iglesia, las vírgenes se consagraron a Dios, abandonando los placeres de la tierra para glorificar a Dios, para que se establezca Su reino. A lo largo de los tiempos, religiosos de todo tipo y los misioneros dejaron la comodidad de sus hogares, sacrificaron el cariño de su familia humana e incluso religiosa, para ir por todo el mundo para establecer el reino de Dios.

Tantos cristianos, en todas las vocaciones, en todos los niveles, todos los cristianos dignos de este nombre que han vivido para Dios, todos estos santos han despreciado la tierra. ¡Qué violencia se hicieron! No se hizo eso sin esfuerzo. Y Dios reinó durante siglos. Cuanto más hubo de estas almas generosas, y cuanto más generosas eran estas almas, más reinaba Dios.

Después de estos siglos en los que reinaba un apogeo de fervor en la Iglesia, somos testigos de la abismal y catastrófica caída de la Iglesia. Dios nos pide restablecer Su reino. Hermanos y hermanas, esto se hará por la lucha, por el combate.

«Ya no hay almas generosas»

Este año hará 175 años que Nuestra Señora de La

Salette dijo en Su mensaje: «Ya no hay almas generosas…» Estoy seguro de que al igual que yo, en sus corazones, esta pequeña frase los llama la atención, viene a buscarlos. Ya no hay almas generosas… ¡Ya no hay! Este año seremos esas almas generosas.

Llamo a las almas generosas entre ustedes, hermanos, hermanas, amigos, nuestros hogares-cenáculos, y todas las almas de buena voluntad en todas partes del mundo. En nombre de Dios, les pido que sean generosos, que no lloren por su personita: «¡Ah! duele, no es divertido renunciarse. Dios es muy exigente.» ¡Oh no! Esta actitud no es de generosidad, sino de la mezquindad, un regalo de Caín. «Dios mío, si quieres tener ofrendas, espera, toma estas sobras.» Esto es lo que hizo Caín. Hagámosle a Dios regalos generosos, no regalos de Caín. Ya no hay almas generosas, porque ya no hay quien haga dones generosos.

«Jesús mío, este año, queremos ser esas almas generosas. Que puedas encontrar en mí mismo, entre mis hermanos y hermanas, entre nuestros amigos, tantos San Miguel que, en cualquier encuentro, en cualquier ocasión, reaccionarán y Te dirán: ¡Quis ut Deus!5 ¡Pero quién es como Dios! Lo que Vos queréis, Dios mío, yo lo quiero.» Las fuerzas del mal han sido derribadas y precipitadas al infierno cuando San Miguel gritó: «¡Quién es como Dios!» Detrás de él todos los Ángeles fieles se levantaron repitiendo: «¡Quién es como Dios! A Él, obedecemos. Haremos todo lo que quiera de nosotros y ¡aún más si Él lo quiere! ¡Lo queremos, lo haremos realidad!» Que todos ustedes sean otro San Miguel este año.

Vender su túnica

En la noche de la Última Cena, justo antes de subir al Calvario, Nuestro Señor Jesucristo da un discurso lleno de amor. Entre otras cosas, dice esta pequeña frase: Quien no tenga espada, venda su túnica para comprar una.6 La espada representa el buen combate al que les invito este año. Para tener esta espada del buen combate, tienen que vender su túnica, esta túnica que llevan sobre ustedes, y que representa todo a lo que nos aferramos, todas las cosas terrenas que se pegan a nuestra piel. Para llegar a este Reino de los Cielos, para librar esta guerra, este buen combate de los últimos tiempos, tienen que vender su túnica, es decir, se necesita el desprendimiento, el renunciamiento absoluto. Vendamos nuestra túnica, renunciemos en nuestro corazón a todas las cosas de la tierra.

El reino de los cielos está dentro de ustedes,7 dice Jesús. Si nuestro corazón está apegado a las cosas de la tierra, ¿cómo puede el reino de Dios establecerse allí? Y si el reino de Dios no está establecido en mi corazón, en el suyo, ¿cómo se establecerá en la tierra? Para establecer Su reino, Jesús dejó todo, dejó Su Cielo. Hemos recalcado lo que los Apóstoles, los Mártires y los Santos hicieron. Dejaron TODO para establecer el reino de Dios.

Llevando este buen combate, trabajando para despojarse de todas las cosas de la tierra, tendrán la buena espada de Dios en la mano. Ninguna fuerza del infierno podrá detenerlos, nada podrá apartarlos de Dios y Su reino. Sabrán defenderse. Pero para eso, se necesita valentía. Nuestro Señor, en un mensaje al Padre Juan Gregorio en 1963, nos dijo que necesita buenos soldados, soldados valientes, intrépidos, enérgicos, hábiles. Se necesita valentía, intrepidez, energía para despojar su corazón de todas las cosas de la tierra. Hay que quererlo realmente.

Mencionamos que las fuerzas del mal tomaron el control, que incluso los ministros de esta gran Iglesia han capitulado. ¿Y por qué? Porque el amor al mundo entró en sus corazones. Algunos atribuyen la decadencia de la Iglesia al famoso Concilio Vaticano II. ¡Oh! ¡eso no! El Vaticano II no trajo la caída de la Iglesia, fue sólo la manifestación pública y oficial. Sacó a la luz la decadencia de la Iglesia porque reinaba el amor al mundo en el corazón de estos eclesiásticos, de estas personas de la Iglesia.

Hermanos y hermanas, para establecer el reino de Dios, debemos luchar contra el espíritu del mundo, luchar contra su pensamiento y sus máximas. Para lograr mejor, es preciso alejarse de todas las cosas del mundo, ¡absolutamente! Cuando nos acercamos demasiado a las cosas del mundo, el corazón se pega y se aleja de Dios. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él,8 dice san Juan. Debemos alejarnos de los placeres del mundo, de sus diversiones, de sus distracciones, alejarnos de sus justificaciones. Las almas se dejan llevar, luego abandonan a Dios, pero siempre con justificaciones. El mundano vive para sus placeres y justifica cada placer que se concede. «Sabes, Dios no pide tanto. ¡Debemos darle algo a la pobre naturaleza humana!» El mundo destaca en bellos discursos, en buenas razones para justificarse.

Es por esto, hermanos y hermanas, por lo que insistimos tanto: no se justifiquen, nunca, jamás. Que este sea una de sus resoluciones este año. No justifiquemos nunca nuestras cobardías, nuestras tibiezas, nuestras indiferencias, nuestros descuidos, nuestras negligencias. Nunca los justifiquemos, ni con nuestros labios, ni siquiera en nuestro corazón. Cuando descubrimos nuestras deficiencias, digamos más bien: «¡Dios mío, qué tristeza! ¡Dios mío, perdón! ¡Cuánto hay en mí de estas despreocupaciones, de estas negligencias, de estos descuidos, de estas tibiezas, de estos pecados! ¡Dios mío, perdón! ¡Perdón!»

Busquemos el reino de Dios, hagamos todo lo posible para servir a Dios. Y sin embargo, pobres niños que somos, llenos de toda clase de fragilidades, tendremos extravíos que no deseamos. Nunca nos justifiquemos. Condenemos todo en nuestras vidas lo que no esté absolutamente de acuerdo con Dios, cualquier cosa que desvíe lo más mínimo de Dios, cualquier cosa que distraiga de Dios.

Nuestras armas

¿Cuáles serán nuestras armas para este combate? Primero, la fe. «Que su fe sea la luz que los ilumina en estos días de infortunio.»9 La fe y las obras de fe: la oración. En este buen combate, en esta lucha, se necesitará fe, y para alimentarla bien, la oración. Les invito a mucha oración este año, mucha, de lo contrario no podrán llevar este combate. Este combate se hace en su interior contra las fuerzas del mal que quieren distraerles de Dios, que quieren destruir el reino de Dios en ustedes. Será necesario que voluntariamente, den mucho tiempo a la oración.

Se necesitará la penitencia. Cuando les hablé de vender su túnica, de hecho se trata de la penitencia de desprenderse de todas las cosas. La pérdida de la fe viene de las búsquedas de nuestras satisfacciones, de los apegos que no queremos soltar: apego a las cosas de la tierra, a los placeres, apego a nuestras ideas, a nuestras vanidades, a todo tipo de formas de orgullo. Perdemos la fe al no luchar contra nuestros apegos, al no hacer penitencia. Para conservar la fe, debemos hacer esos sacrificios. De lo contrario, se pierde, lentamente, poco a poco, paso a paso. Con pequeños pasos descienden al abismo. Entonces dirán: «¡Ah! ¿Qué está pasando? Yo ya no entiendo, ya no veo. Ya no está claro. Ya no tengo ganas de servir a Dios.» ¿De dónde vino este estado? Paso a paso, se alejaron, abandonaron este camino de renunciamiento, de penitencia, de despojo. Dejando de vender su túnica, perdieron su espada, perdieron la fe.

En nuestras armas de fe, tenemos el Rosario. El Rosario es un arma poderosa, especialmente en los tiempos actuales. Recordémonos la entrevista de Lucía con el Padre Fuentes, postulador de la causa de los dos pequeños niños de Fátima, Jacinta y Francisco.10 Ella le decía que le hiciera saber al mundo que es tiempo que todos los cristianos se hagan cargo de su salvación – que hagan este combate por su propia salvación – sin esperar por nadie, ni por los sacerdotes, ni por los obispos, ni por nadie. Lucía agregó: «La Santísima Virgen, en estos últimos tiempos que vivimos, dio un nueva eficacia al rezo del Rosario. De tal modo que no hay problema, por difícil que sea, temporal o especialmente espiritual, (refiriéndose a la vida de cada uno de nosotros, de nuestras familias, de las familias del mundo o de comunidades religiosas, o bien a la vida de los pueblos y naciones) no hay problema, digo, por difícil que sea, que no podamos resolver con la oración del Santo Rosario.»

Les animo a rezar el Rosario durante este año de combate. El Rosario es único porque reúne una multitud de elementos. Está la contemplación de los ejemplos de Jesús y María, a través de los quince misterios. Luego está la repetición de una pequeña oración sencilla y humilde. El rosario a veces puede costar un poco. Repetir las Ave María como un pequeño niño, es humilde. El Cielo quiso dar mayor poder al Rosario porque reina el orgullo y lo ha destruido todo. Descubrirán todo en el Rosario, todas las armas están incluidas. Es por eso que el demonio busca tanto desanimar a las almas para que no recen el Rosario.

En nuestras armas están también la misa y la comunión. La misa es una de nuestras principales armas, especialmente entre nosotros que somos sacerdotes en su mayor parte por voluntad de Dios. Esto ya se había anunciado hace más de trescientos años a San Luis María de Montfort: «Será una raza sacerdotal.»11 Dios lo ha querido porque la Misa es el sacrificio del Calvario, es Jesús quien Se inmola para establecer Su reino.

En nuestras armas, está también la esperanza en Dios, la confianza de que Dios tendrá la última palabra, que tendrá la victoria. Con seguridad, vamos a luchar, dar de nuestra parte. Nos humillaremos por hacerlo tan lamentablemente, no tanto como quisiéramos para glorificar a Dios según el generoso deseo de nuestro corazón. Lloraremos humildemente por no hacer más, manteniendo la confianza, la seguridad de que Dios dará la victoria. Nada nos quitará esta esperanza, ¡nada!

Otra de nuestras armas: la caridad. Todas estas acciones, este combate, lo haremos con amor, porque queremos que Dios reine. Es nuestra motivación, el deseo que nos taladra. «Taladrar» implica que este pensamiento siempre esté en su espíritu, siempre hablándoles detrás de la cabeza. ¡Debe reinar, debe! Es la pasión de mi corazón. Habría tanto que decir sobre la caridad y el amor…

En estas armas principales que les di, reconocieron las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Agrego la humildad como arma absolutamente invencible, absoluta para derribar las fuerzas del mal.

Hermanos míos, tengan estas armas en su corazón. En nombre de Dios, háganlo y Dios dará la victoria, tengan la seguridad. ¿Cómo llegará la victoria? No es su problema, tampoco es mío. Lo que nos concierne, en nombre de Dios, es practicar estas virtudes, es establecer este reino de Dios en nuestro corazón. Ese es nuestro problema, eso es todo lo que importa. El resto no es asunto nuestro. Nuestro papel es importante. Recuerdan las palabras de insistencia que la Santísima Virgen nos dirigió suplicando: «Hijos míos, les necesito, es urgente. Si ustedes no lo hacen, se acabó.»

Combatir con alegría

Hermanos míos, hermanas mías, libren este combate con alegría, con ardor. Les dije antes: a Dios no le gustan los dones de Caín. Dios ama a los que dan con alegría.12 Sacrifiquen su túnica con alegría. Esto puede costarnos, puede doler, pero hagámoslo de buen corazón, con buena gana, para glorificar a Dios, solo para Él. Incluso si nos destroza, solo debemos llorar con un ojo y reír con el otro. «¡Si, Dios mío, si! Me alegro de que la lucha por Vos me esté destrozando. La tierra, no es nada, no debería destrozarme, pero soy un pobre niño, soy un sapo clavado a la tierra. Me duele despegarme. Vos sois testigo, Dios mío.»

Por último, les dejo con una cita de santa Teresa del Niño Jesús:

«Antes, en el mundo, cuando me despertaba por la mañana, pensaba en lo que probablemente me sucedería feliz o desafortunado durante el día: y si solo tenía previsto problemas, me levantaba triste. Ahora, es todo lo contrario; inmediatamente pienso en los dolores y los sufrimientos que me esperan y me levanto aún más alegre y llena de valentía, pensando en las hermosas oportunidades que tengo en vista para demostrar mi amor a Jesús y ganar la vida de mis hijos, ya que soy madre de almas. Luego, beso mi crucifijo; y lo coloco suavemente en mi lugar en la almohada, todo el tiempo que me visto, y Le digo: ¡Jesús mío, has trabajado bastante, has llorado bastante, durante los treinta y tres años de Tu vida en esta pobre tierra! Hoy descansa… Es mi turno de combatir y de sufrir.»13

Todos los días, díganle ustedes mismos esta pequeña oración a Jesús. El nuevo año está comenzando. Les deseo un día de alegría. Les dejé entrever que el año 2021 será más difícil que el que acaba de pasar. Actualmente, se prevén cosas dolorosas. «Me levanto aún más alegre y lleno de valor que tengo previsto más oportunidades para demostrar mi amor a Jesús y para salvar almas. Beso mi crucifijo y Le digo: Jesús mío, has trabajado bastante durante los treinta y tres años de Tu vida en esta pobre tierra. Hoy, descansa. Es mi turno de combatir y de sufrir.» Este es su programa para este año, hermanos, hermanas. Realicémoslo con alegría.

Ofrecemos este santo sacrificio de la Misa, el primero de este año, a la gloria de nuestro Padre Celestial. Al ofrecerle a Su Hijo sobre el altar, le pedimos especialmente por ustedes, hermanos, hermanas aquí presentes y en nuestras misiones, por ustedes, queridos amigos, queridos hogares-cenáculos, y por todas las almas de buena voluntad, que este año sean estos soldados, estos luchadores de Jesús, que lucharán con alegría, es decir, de buena gana. Esto no significa que siempre sientan alegría, ¡no! No es una alegría sentida, frívola, sino una alegría voluntaria, una alegría pacífica, una satisfacción de hacer algo que nos duele por nuestro Jesús, por nuestro Dios, por Su reinado. Que establezcan el reino de Dios en su interior con lucha, con combate, con energía.

Únanse todos, hermanos y hermanas, a esta intención. Recemos los unos por los otros. Yo mismo hago esto muy especialmente por todos ustedes. Juntos recemos por nuestros hermanos y hermanas en misión, por nuestros amigos, por nuestros hogares cenáculos, todos aquellos que creen en esta obra de salvación que Dios Nos ha confiado. Ofrecemos especialmente este primer sacrificio de la Misa por ellos, y pedimos por cada uno esta gracia insigne de ser esos discípulos de Jesús como los apóstoles, como los mártires, como las vírgenes, como los monjes, como los misioneros, como todos esos Santos en todos los estados de vida.

1Llega la hora en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. S. Juan 4, 24

2S. Juan 16, 33

313 de julio de 1917

4S. Mateo 11, 12

5El nombre Miguel, viene del hebreo, y significa Quién es como Dios y en latín Quis ut Deus.

6S. Lucas 22, 36

7S. Lucas 17, 21

8I S. Juan 2, 15

9Secreto de Nuestra Señora en La Salette, 19 de septiembre de 1846

10Para aquellos que quieran leer la entrevista completa del Padre Fuentes con Lucía de Fátima (el 26 de diciembre de 1957), ver la revista Magnificat de mayo 2017.

11«Serán hijos de Leví» es decir «raza sacerdotal». Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. «Felices y mil veces felices los sacerdotes que Vos habéis tan bien elegido y predestinado…» Oración profética y encendida.

12S. Pablo, II Cor. 9, 7

13Consejos y recuerdos de Sor María de la Trinidad

«Padre, me volvió a decir sor Lucía, no esperemos que venga de Roma un llamado a la penitencia de parte del Santo Padre para el mundo entero. Tampoco esperemos que venga de nuestros obispos en su diócesis, ni tampoco de las congregaciones religiosas. No. Nuestro Señor ya ha usado a menudo estos medios y el mundo los ignoró. Es por eso que ahora, cada uno de nosotros debe comenzar su propia reforma espiritual. Que cada uno piense en la enorme responsabilidad que le incumbe de salvar no solo su alma, sino también todas las almas que Dios ha puesto en su camino.

Y la razón de esto, es que cada cristiano, por su vocación, debe ser otro Cristo que se esfuerza por identificarse con Él, no solamente por las virtudes, sino por la misma misión que vino a traer a la tierra: la de redimir al mundo por medio de Su sacrificio.»

Entrevista de Sor Lucía, vidente de Fátima, con el Padre Agustín Fuentes, el 26 de diciembre de 1957