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Una historia para cada día...

Sagrada Familia

Una decisión del Senado romano.

En el año 70 d.C., durante el reinado del emperador Vespasiano, el Senado romano, la máxima autoridad del imperio, se planteó qué nombre debía darse a la deidad suprema. Los senadores no estuvieron de acuerdo. Uno quería que se llamara «Dios de la riqueza», otro decía que debía llamarse «Dios de los fuertes», un tercero abogaba por el nombre de «Dios de los sabios». Finalmente, un senador se levantó y dijo: «Si el Dios supremo es un Dios de ricos, no puede ser el Dios de los pobres; si es el Dios de los fuertes y poderosos, no puede ser el Dios de los débiles; si es el Dios de los sabios y cultos, no puede ser el Dios de la plebe. Luego desplegó un gran cuadro de un joven apuesto, de rasgos amables y gentiles. Debajo de la imagen estaba escrito: «Te amo, me entrego, te perdono, porque soy el Dios de la caridad». Cuando los senadores vieron la imagen y la inscripción, exclamaron: «Verdaderamente, el Dios supremo debe ser un Dios de caridad y amor».

San Juan lo dice claramente: «Dios es Amor». (I Juan 4:8)

Un hijo criminal en el lecho de muerte de su madre.

En 1868 se predicó una misión en Aix. Un misionero contó una historia que impresionó a todos los oyentes. Relató el siguiente hecho: «Hace algunos años, una madre se acercaba a su última hora. Sus hijos rodeaban su cama, sólo faltaba un hijo. Estaba en la cárcel por un delito, que había contribuido a acelerar la muerte de su madre. Sin embargo, la madre moribunda quiso hacer un último intento para que su hijo volviera al buen camino, aunque todas sus oraciones habían sido infructuosas hasta ese momento. Iba a aparecer en el lecho de muerte de su madre. La petición fue presentada al comandante de la fortaleza donde estaba internado, y éste hizo que se lo llevaran a su madre bajo vigilancia. Aunque ya había perdido la capacidad de hablar, hizo acopio de sus últimas fuerzas y le dirigió una mirada de profunda tristeza. Pero esta mirada de una madre moribunda había obrado un milagro. De vuelta a su calabozo, el hijo se arrodilló y se puso a rezar. Poco después se desprendió de la pesada carga de sus crímenes con una buena confesión. La gracia de Dios siguió actuando en él y, tras expiar sus crímenes, obtuvo la gracia del sacerdocio, y ese hijo era yo. ¡Así que ánimo y confianza, queridos cristianos! Por muy culpable que sea el pecador, la bondad y la misericordia de Dios son mucho mayores. Estas palabras conmovieron a todos los presentes y, llenos de confianza en la misericordia de Dios, confesaron sus faltas con sinceridad y contrición.

No hay falta tan grande que Dios no esté dispuesto a perdonar al pecador contrito. Porque el peor de los crímenes no puede superar la infinita misericordia de Dios.

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