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Nuestra Señora del Purgatorio

En la Eternidad, Dios nos trata como Él fue tratado durante la vida

Arcángela Panigarola, priora del monasterio de Santa Marta en Milán, tenía un celo extraordinario por el alivio de las almas del purgatorio; rezaba y hacía rezar por ellas. Sin embargo, rara vez pensaba en el alma de su padre Gothard, aunque lo había querido mucho en vida. A veces le venía el pensamiento, y resolvía recomendarlo en particular: luego pensaba en otra cosa o en otras almas, y el olvido persistía. Un acontecimiento inesperado y maravilloso la sacó de esta insensibilidad.

En la fiesta de los difuntos, se había encerrado en su celda para rezar por ellos y realizar diversos actos de penitencia en su favor. De repente se le apareció su ángel de la guarda, la tomó de la mano y la condujo en espíritu al Purgatorio. Allí, entre las almas que vio, reconoció la de su padre, sumergida en un charco de agua helada. Apenas reconoció a su hija, se levantó hacia ella y gritó: «¡Ay! Arcángela, hija mía, ¿cómo has podido olvidar tanto tiempo a tu desdichado padre, en las torturas que está sufriendo aquí? He visto a muchos de ellos subir al cielo gracias a tus sufragios; y para mí, tu padre, al que tanto le debes, que te ha amado, criado y favorecido, no tienes el más mínimo sentimiento de compasión. ¿No ves que estoy tirado en este lago de hielo, con un dolor insoportable, como castigo por mi tibieza en el servicio a Dios y mi indiferencia hacia su ley y la salvación de las almas? ¡Ah! ¡Intenta compadecerte una sola vez de tu padre, y con el fervor de tus oraciones haz que obtenga por fin misericordia y ascienda a la morada de la gloria y el descanso!»

Arcángela se quedó muda ante estos reproches, que reconoció como merecidos; pronto su dolor se derramó en un torrente de lágrimas, y fue en medio de los sollozos que pudo responder estas pocas palabras: «Haré, oh mi amado padre, todo lo que me pidas, y lo haré inmediatamente. Que el Señor haga que mis súplicas te liberen».

El ángel la llevó entonces a otro lugar. Le preguntó cómo era que, habiendo tenido muchas veces la intención y el propósito de rezar por su padre, se había olvidado de él las más de las veces, y por qué Dios había permitido tal distracción. «Incluso recuerdo -dijo- que una mañana, al comenzar a interceder por él, me sentí arrebatada en el espíritu, y me pareció que le ofrecía un pan muy blanco, pero que él lo miró con desdén y se negó a tomarlo. Esto me hizo temer que estuviera condenado. El hecho es que ya no pensé en rezar por él, mientras que sí lo hice por tantos otros que no están unidos a mí por ningún vínculo.»

El ángel respondió: «Tu olvido fue permitido por Dios como castigo por la falta de celo de tu padre, mientras vivía, en trabajar por su salvación. No tenía mala moral, es cierto; pero tampoco mostraba ningún afán por las obras piadosas que el Cielo le inspiraba, y cuando hacía alguna, era sin la atención ni la intención deseadas. Dios suele imponer esta pena a quienes han pasado su vida de esta manera, sin ningún afán de bien: les permite comportarse como se han comportado con el Señor. Olvidar por olvidar. Este fue el significado del rechazo del pan que se te mostró. Pero ahora debes multiplicar tus sufragios en su favor, y obtener de la misericordia divina que Ella lo saque de este lugar de tormento.»

Arcángela volvió en sí, pero tan conmovida, tan rota de dolor, que no tuvo un momento de paz; le parecía que siempre oía los gemidos y los gritos de su pobre padre, y derramó todas las lágrimas de sus ojos. No podemos decir cuántas oraciones, ayunos y maceraciones hizo por esta querida alma. Solía pedir la liberación de las almas en nombre de la preciosísima Sangre del Salvador y del infinito Amor que nos demostró en la Cruz; en adelante añadió una nueva invocación, la de los méritos de la divina Madre, cuando en el Calvario contempló a su Hijo expirando. Por fin, cuando la justicia eterna quedó satisfecha, el alma de Gothard se le apareció, luminosa, inundada de alegría; le dio las gracias en los términos más conmovedores; después de lo cual se elevó triunfante al cielo, dejando a Arcángela tan feliz como antes en la pena y el pesar.

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