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Una historia para cada día...

Sagrada Familia

El aire, su gravedad; el calor; la gravitación.

Todo el universo está admirablemente organizado para el mantenimiento del hombre y de las demás criaturas. ¿Cómo explicar sin intervención divina esa curiosa mezcla de oxígeno y nitrógeno que es necesaria para la respiración del hombre y de los animales? ¿Cómo se explica que este aire en la superficie de la tierra tenga precisamente el peso necesario para nuestro organismo? Si fuera más ligera, la sangre saldría por nuestros poros; si fuera más pesada, nos aplastaría. – No es menos maravilloso que la temperatura de la Tierra esté exactamente adaptada a la vida animal y vegetal, que perecería si tuviéramos los cientos y miles de grados de calor de otros astros. Que los incrédulos expliquen, pues, por qué la gravedad tiene la medida exacta para no atarnos inmóviles al suelo, ni lanzarnos al espacio.

Esta organización, que supone un plan elaborado con inmensa sabiduría, demuestra que fue creada por una Inteligencia infinita que la concibió y la ejecutó. Uno se ve obligado a gritar con el salmista: «¡Qué grandes son Tus obras, Señor! Tú has hecho todas las cosas con soberana sabiduría». (Salmo 103:24)

Ni los perros ni los gatos creen en Dios.

En una comida a la que asistieron muchos invitados, un joven librepensador mostró su incredulidad y trató de dominar a la audiencia profesando el ateísmo. Sus vecinos dejaron claro que no compartían sus ideas y que encontraban poco gusto en esas conversaciones. «¿Soy el único en esta casa que no cree en Dios? – Perdone, señor –dijo su vecino–, no es usted el único; nuestro anfitrión tiene perros y gatos que tampoco creen, pero les falta la palabra para presumir de su librepensamiento.

Los ateos son como animales sin inteligencia. El ateo es básicamente peor que el bruto, pues este último se aferra a veces a su amo, mientras que el ateo reniega del suyo.

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